Una larva resultado de la unión de dos gametos expulsados por dos medusas se asentó en el suelo y se transformó en un pólipo, que se alimentaba de las partículas flotantes que agarraba con sus tentáculos. Un tiempo después, el pólipo se dividió en en varios seres con tentáculos llamados éfiras, un estado precedente a la medusa; las éfiras se separaron de la base tras enormes esfuerzos agitando sus tentáculos.
Me centraré en una éfira, que se llama Lianne, que por fin había conseguido liberarse y ahora nadaba sola, a su aire, enfrentándose a los depredadores con que se encontraba.
Un tiempo después, Lianne se convirtió en una bonita medusa, con larguísimos tentáculos. Lianne se dió cuenta de que todo ser vivo que tocaba con sus tentáculos quedaba paralizado y moría. Tocaba un pez y éste moría unos instantes después. Pero no sabía por qué era, tenía curiosidad por saber su causa.
Un día le preguntó a su hermana Estela:
-Ey, Estela, ¿qué le pasa a nuestros tentáculos? Cada vez que toco a alguien, éste muere... menos nosotras, claro. Es muy muy extraño.
Estela tampoco sabía decir por qué era. Tentáculos misteriosos, como hechizados.
Pero sí lo sabía un pez que pasaba por ahí, que les explicó desde una distancia prudencial:
-Yo sí sé porqué. Vuestros tentáculos son venenosos. Cada vez que tocáis a alguien, lo envenenáis con vuestros filamentos urticantes y, lógicamente, muere... por efecto de vuestro veneno.
Lianne miró alucinada sus tentáculos. Esos tentáculos... venenosos. Dentro había una sustancia mortal, con la que mataba a peces. Ya decía ella... Aclarado el misterio.
-¡Qué guay!- exclamó Lianne, admirada -Así no voy a tener depredadores...
-¡Qué ilusa!- se burló el pez -Os va a pasar algo más que la simple falta de depredadores, algo más gordo...- y se fue sin decir nada más.
Sin dejar tiempo a Lianne preguntar qué era eso grave que le iba a ocasionar el ser una criatura venenosa.
Lianne creció y creció a base de ser alimentada con peces que iba matando con sus tentáculos venenosos y se hizo una hermosa medusa adulta, tan bella como letal, con esos tentáculos de metros de largo.
Justo por sus tentáculos letales, ella nadaba tranquila y segura, sabiendo que los depredadores no iban a atreverse a atacarla. Pero pasó esto: no sólo no se le acercaban los depredadores, ¡no se le acercaba nadie! Le tenían miedo y huían de ella.
Una vez Lianne intentó acercarse a un pez bebé que se encontró por ahí y que la engatusó:
-Holaaaa, pequeño, ¿cómo te llamas? ¿Quieres venir?
Y se le acercó la madre histérica:
-¡No te acerques a la medusa, es muy peligrosa! ¡Tú, la medusa, vete, fuera! ¡Desaparece! ¡No vuelvas a acercarte a mi hijo!
Otra vez (más de una vez, mejor dicho), Lianne encontraba a un grupo de peces hablando y riéndose. Quiso estar con ellos, hablar, reír, compartir cosas. Se acercaba a ellos y decía:
-Hola, chicos, ¿puedo estar con vosotros?
Antes de que ella acabara la frase los peces habían desaparecido.
Otra vez quería consolar a un pez al que pilló llorando.
-¿Te pasa algo? ¿Te puedo ayudar?
-¡Síii! ¿Se han enfadado mucho conmigo porque yo quería que...!
Se acercó otro pez, enseguida se llevó al que estaba llorando y le dijo a Lianne.
-Nada que ver. No es asunto tuyo.
Y se escaparon rápidamente. Elle sólo quería consolarle y ayudarle, nada más.
Y un sinfín de experiencias parecidas, en que ella era constantemente rechazada. Eso dolía.
Lianne se sintió mal.¡Nadie quería estar con ella! Y eso por llevar tentáculos ponzoñosos. No tener depredadores le daba seguridad, pero no tener amigos le superaba. Casi hubiera preferido no ser venenosa, no habría sido tan rechazada por miedo.
Lianne se deprimió, se desanimó. Así no quería vivir, ¡aquello le podía! ¡La soledad le oprimía! Y peor aún era sentirse excluida.
Seguro que era ese algo gordo que le quería advertir ese pez hacía ya tiempo, pensó ella. Razón que tenía el pez.
Alguien preguntó desde su lado derecho:
-¿Qué te pasa? Te veo deprimida...
Lianne miró en dirección de la voz, y vió que le hablaba otra medusa, igual que ella, con tentáculos tan largos como los de ella. Lianne se desahogó respondiendo:
-¡Todo el mundo me odia! Me acerco a cualquier pez y se escapa o me echa. ¿Sabes lo mucho que duele?- se calló y se miró sus tentáculos kilométricos -Creo que se debe a mis tentáculos venenosos...
-Lo entiendo, a mí y a mis compañeros nos pasa- dijo la medusa acompañante -A nosotros también nos odian. ¿Y si te vienes con nosotras? ¡No tienes por qué estar sola!
A Lianne se le iluminó la cara y exclamó:
-¿En serio?
-¡Pues claro! Con mi grupo estarías como en casa, te lo aseguro.
-¡¡Ay!!- exclamó Lianne, muy contenta. Por fin no estaría sola más... y no se sentiría sola con su sentimiento de verse rechazada. Acababa de juntarse con gente afín a ella. Empezó a sentirse bien.
-¡Sí! ¡Voy contigo y los tuyos! ¡Vamos!- exclamó Lianne, eufórica.
Lianne se fue con su compañera, descubriendo con sorpresa que era su hermana Estela (que hacía mogollón de tiempo que no veía a ella ni a su gente, desde que era niña), y se juntó con las demás medusas como ella, que la aceptaban como a una más. Lianne se sintió muy feliz.
Amaia es enternecedor. Esto pasa tb en la vida real? Cuentame.
ResponderEliminarNooo que vaaa, este cuento lo inventé... eso sí, inspirándome en el odio que siente la gente por las medusas.
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