miércoles, 2 de octubre de 2013

Lucky (la medusa afortunada) parte 3

Desde que conocí a Jessie ya no estuve solo más. Estuve compartiendo alegrías, bromas y juegos con ella. Una de las aficiones preferidas de Jessie, que a mí me ponía cardíaco, era molestar a una tortuga marina y luego huir bombeando la campana a todo gas mientras la tortuga nos perseguía. Me dan pánico las tortugas, nos tienen como alimentos. Pero se ve que a esta loca le divierte.

Un día Jessie me acompañó a ver un arrecife de coral. Era realmente precioso: corales de formas y colores varios, miles de peces de todo tipos y colores, todo ello bajo el agua turquesa y cristalina.
-Es precioso... nunca lo había visto...- exclamé, extasiado.
-¿A que sí? Te lo decía yo.- resaltó ella.
Nos quedamos un buen rato contemplando aquella maravilla sicodélica y colorista que nos tenía hipnotizados. Hasta que...

Se me ocurrió agarrar un pez con mis tentáculos, fascinado con sus reflejos, y murió de inmediato. El resto de los peces huyeron despavoridos. Malditos sean mis tentáculos venenosos... Jessie me agarró y me dijo, claramente enfadada, mientras nos alejábamos del arrecife:
-Ale, vámonos...
Me sentí culpable. Cada vez que mataba sin querer a un ser vivo con mis tentáculos me sentía culpable por mi condición de extremadamente venenoso y tenía la impresión de estar molestando. Jessie intentaba convencerme de lo contrario.
-¡Tonterías! Tú no molestas, sólo ocupas un lugar en el ecosistema marino. Nadas, comes, cazas y te defiendes con el veneno de tus tentáculos. ¡No te culpes porque la evolución te haya hecho así! Y además, ¿sabes qué?, nadie puede contigo por ser tan mortífero, ¡eres el rey del océano!

El caso es que tras este incidente estaba en esa misma situación. Me sentí muy mal. No hay nada más horrible que matar por culpa de mi veneno.
-Molesto demasiado con mis tentáculos...- dije, desolado -Ya vistes cómo me han mirado los peces...
-¡Tonterías!- me dijo Jessie -Lo que tienes que hacer es, en un arrecife, los tentáculos quietecitos.
Me ofreció una flor marina de color roja violácea y me dijo:
-Te doy una flor que cogí del arrecife, te animarás. Pruébalo, verás que rico.
Agarré la flor, probé un pétalo... sabía dulce, me sentí consolado...
-¿A que te sientes mejor?- me dijo Jessie -Lo que ocurre es que eres demasiado bueno, pero mortífero por genética, y te culpas demasiado, y no es así... ¡Ey, una cueva!

Pues sí, allí a lo lejos se veía una cueva. Jessie me dijo:
-¡Vamos a entrar!
-¡Vale!- acepté. Tenía ganas de aventura, y de levantarme los ánimos.
Continuará...

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